Un Viernes Noche que Sonaba a Cotidiano

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Creo que todos hemos sentido esa gran ilusión que nos invade cuando compramos un boli o un rotulador nuevo, y estamos deseando pintar cualquier cosa con tal de entrenarlo.

Cualquier cosa, curiosamente entendida por el artista de la exposición que se convirtió en toda una sorpresa de viernes noche que sonaba a cotidiano.

Al menos, esa es mi idea romántica de cómo hace ya más de cuatro años Chema Mora comenzó su obra –línea a línea, trazo a trazo- una serie de retratos de nonagenarios ilustres cuya mirada parece despertar del color azulado de la tinta de un boli Bic.

Paseaba ojeando cuadro tras cuadro mientras pensaba, en un brote de “frikismo arquitectónico” buscando llevar siempre todo al plano conocido, que podríamos estar ante una especie de nueva, o neuer– para hablar con más propiedad deutsche werkbund.

Mi comparación emana de la búsqueda de esa cultura armoniosa con la que los teutones definían este movimiento; si bien, ahora en vez de  buscar mejorar los bienes producidos en cadena en una sociedad “prefabricada” buscamos dar aliento a esa creatividad que cada vez más parece cosa de unos pocos. Creatividad nacida del “instrumento” de escritura por excelencia que con más de 65 años de vida apenas ha cambiado y que de la mano de Chema ha dado vida a retratos hiperrealistas de más de un metro de altura.  Llamémoslo nueva deutsche werkbund o como se quiera, pero alabemos esta armonía que somos capaces de crear con el más sencillo de los “juguetes” y sobre todo, más que alabemos -salvemos- estos resquicios de arte que demuestran la grandeza que se puede hallar obviando, cuando haga falta, esa cadena de montaje.

Yo me tendré que conformar con rellenar los cuadros de las hojas de la moleskine mientras escucho el consejo de Norman Foster.

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